jueves, 9 de agosto de 2012

CURRO JIMÉNEZ


Entre las andanzas robinjudianas del alcalde de Marinaleda y la muerte, hoy, del inolvidable Sancho Gracia es imposible que no nos venga a la memoria la serie televisiva de la Transición Curro Jiménez.

Sirva este post como homenaje a un actor que es prácticamente un símbolo para dos generaciones, a pesar de su dudosa valía para el cine (nunca supo soltar sus lastres teatrales) y de ser tan poco polifacético que en los recordatorios que hoy le han hecho casi solo se hablaba de la serie de bandoleros de finales de los 70 del pasado siglo. Y ya ha llovido y ya ha hecho cosas el tío como para que solo le asocien a Curro. La mejor película suya es El crimen del padre Amaro (2002), aunque yo también le recuerdo con cariño por Cachito (1995), por su papel en el episodio de Jarabo (indispensable), dirigido por Juan Antonio Bardem, en la serie La huella del crimen (1985), y por la reciente y entrañable Entrelobos (2010). Pero ha participado en muchas mierdas.

De quien quería hablar de todas formas es de Curro Jiménez. La emblemática serie tuvo tres temporadas entre 1976 y 1978 y es de lo mejorcito que se ha hecho en este país. Contó con la dirección de algunos grandes cineastas, como Pilar Miró y Mario Camus, y conquistó de forma incondicional a los entonces treinta y pocos millones de españoles. Cabe la reflexión de por qué en una época en que solo había televisión pública se crearon las mejores series y programas, destacando también El hombre y la Tierra. Puede que someter la televisión al juego de la oferta y la demanda solo dé como resultado la producción de bazofia.

El caso es que podría llenar páginas sobre la serie Curro Jiménez, pero tampoco es plan. El personaje está directamente inspirado en el bandolero Andrés López (1819-1849), natural de la localidad sevillana de Cantillana, donde ejercía el oficio de barquero en el Guadalquivir (de ahí su apodo, El barquero de Cantillana) hasta que por el chanchullo de un cacique fue despojado de la concesión de transporte fluvial. Furioso, asesina al terrateniente y huye a la sierra donde sobrevive unos diez años a base de pequeños robos, adquiriendo pronto gran fama por su generosidad con los pobres de la comarca. Sus escondites más habituales eran una cueva y la finca Fuente Luenga, del duque Villa Pineda, quien le protegía y daba cobijo. Fue muerto por la Guardia Civil tras ser delatado por un guarda de este cortijo. Su historia nos ha llegado por tradición oral a través de romances y coplillas cantados por los pueblos, e inspiró a Antonio Larreta para desarrollar el guión de la inmortal serie de televisión.

Aunque Curro Jiménez es muy buena en general, hay notable diferencia entre la primera temporada (intro en la cabecera del post) y las dos siguientes (intro, aquí), bastante peores. Los capítulos emitidos en 1976 fueron en efecto los más entretenidos y los más recordados. Tenían muchos más toques humorísticos, contaban con la presencia de El Fraile (Francisco Algora) y su interés histórico era mucho mayor, pues los primeros seis o siete episodios estaban ambientados en la invasión francesa de la parte norte de Sierra Morena (el auténtico Andrés López no había nacido) y contenían ricas dosis de un patriotismo hoy inimaginable en la morralla que se da a digerir a los telespectadores.

Además a lo largo de la serie fueron apareciendo, junto a actores veteranos (Alfredo Mayo o Florinda Chico), artistas noveles que después serían muy conocidos, como Marta Miller y Bárbara Rey (que no se despelotaron porque el Caudillo aún estaba fresco), o la entonces honrada Isabel Pantoja. También contribuyó decisivamente a su éxito la característica banda sonora compuesta por Antón García Abril, autor de las melodías de las más célebres series de aquella época.

La historia de Curro gustó tantísimo que pronto hubo varios intentos de repetir el éxito con productos similares y con el mismo protagonista. Me refiero, en primer lugar, a La Máscara Negra (Antonio Giménez Rico, 1982), una excelente serie de once capítulos enmarcada igualmente en la invasión napoleónica, en la que un noble humillado por los invasores se hace pasar por afrancesado durante el día para ajusticiar gabachos por la noche con un disfraz idéntico al de El Zorro pero con sombrero de cura. La idea no cosechó todo el éxito esperado a pesar de su calidad, pero no sucedió lo mismo con la muy recordada Los desastres de la guerra (Mario Camus, 1983), en la que el gran Paco Rabal interpreta a Goya y Sancho al histórico guerrillero liberal El Empecinado. Según la crítica, se trata de la mejor recreación nunca rodada de la Guerra de la Independencia y merece la pena verla si alguien no lo ha hecho.

Estas series encumbraron a lo más alto al joven galán madrileño, pero a la vez cavaron su propia tumba artística, puesto que el perfil de los tres personajes era casi idéntico y el publico lo encasilló para siempre.

Recordándote siempre por los buenos ratos que nos has hecho disfrutar, Sancho Gracia, descansa en paz.