jueves, 25 de agosto de 2016

EL DERECHO A CAMBIAR DE OPINIÓN


Una persona que me quiere bien pero que no tiene ni idea de cómo pienso ni de cómo funciono, me acusaba el otro día, un pelín escandalizada, de no respetar el derecho de la gente a cambiar de opinión en materia ideológica, moral o religiosa, ya que, según dice, tengo una visión enfermiza de la coherencia que me lleva a despreciar cualquier proceso de evolución personal. Esta persona cree que llamo congruencia a lo que no es más que obstinación y que considero –injustamente– veletas sin honor a quienes van adaptando su mentalidad a las circunstancias, a las experiencias vividas y a sus necesidades.

Mi respuesta fue clara y directa. Intenté hacerle ver que esta crítica no tiene fundamento y que siento el máximo respeto por la conciencia de cada cual y, por consiguiente, reconozco la libertad de cualquier individuo para renovar sus ideas y criterios del tipo que sean y con el alcance que se considere oportuno, primero porque la adaptación a los cambios sociales, culturales y personales está implícita en la propia naturaleza humana (si no evolucionáramos seríamos enfermos) y segundo porque yo, como cualquiera, he experimentado no pocas mudas en mis puntos de vista y sería de un cinismo vergonzoso hacer reproches a los demás por tal motivo.

Yo a los únicos que critico, y con mucha contundencia además, es a los que se han pasado años y años abanderando públicamente una determinada idea y, de pronto, tras sufrir una transformación, conversión, evolución personal o como queramos llamarlo, tras percatarse –por los motivos que sean– de que vivían en el error, no se conforman con opinar distinto o incluso pasarse a la acera opuesta, sino que se convierten en los más fervorosos adalides de su nueva postura. 

Reconozco, naturalmente, el derecho a cambiar de opinión, pero no el de ser, a lo largo de la vida, cabeza visible, líder, paladín o ferviente activista de diferentes causas diametralmente opuestas entre sí. 

Porque uno puede haber sido católico practicante y después enfriarse su Fe, puede haber votado a la derecha y poco a poco volverse rojillo, haber sido muy revolucionario en su juventud y terminar llevando una vida cómoda y egoísta, o haber estado en contra de las relaciones prematrimoniales y terminar arrejuntado con la más puta del pueblo. Son cosas que pasan, que están al orden del día y de las que poca sangre cabe hacer en plena era de las libertades individuales y teniendo en cuenta la metamorfosis que ha sufrido nuestra sociedad en las últimas décadas. Pero lo que no es de recibo, lo que es un choteo –por no emplear palabras más gruesas– es que un fulano sea el evangelizador oficial de un ideario y se pase cuatro lustros dando el coñazo al personal, friendo a su familia y amigos, ilusionando o engañando a innumerables jóvenes y repartiendo leña a sus enemigos ideológicos, y un día, de repente, lo veamos de promotor, de militante ardiente, de confaloniero de la filosofía contraria. 



A lo que no hay derecho es a pasarse quince años como profesor numerario del Opus, metiéndose en la conciencia de cientos de adolescentes, forzando confesiones y tocando la guitarra en las giras papales y luego reciclarse como ateo y como activista de los derechos del colectivo de Lesbianas, Gays, Bisexuales y personas Transgénero, con una columna semanal en la revista Zero. A lo que no hay derecho es a ser un fascista genuino en 1941 y arrastrar a miles de españoles a la División Azul y terminar en el 62 liderando el Contubernio de Múnich. A lo que no hay derecho es a encabezar manifestaciones Provida a los veinticinco años, y a los cuarenta y tres ser una famosa abogada feminista que escribe a favor de una ley que permita abortar en las doce primeras semanas de gestación. A lo que no hay derecho es a poner de vuelta y media, allá por los noventa, a las hijas de las vecinas que se iban de vacaciones con el novio, y ahora predicar a todo el mundo que “casarse ya es un atraso, ya no se casa nadie” porque tu hijo viva amancebado.

Cambiar de postura es un derecho, sí, aunque se trate de un cambio radical e independientemente del fervor con el que se hayan venido abrazando anteriores ideales. Pero si uno ha sido notorio baluarte de un determinado credo, si entregó su vida a él y, sobre todo, si su defensa de esas ideas tuvo una dimensión pública o convenció o involucró a mucha gente con ellas, la mínima vergüenza torera aconseja llevar el cambio con la mayor discreción posible, sin bombos ni platillos, limitándose a hablar de las nuevas convicciones en el ámbito de la más estricta intimidad. De lo contrario, muchos podrían pesar que uno es un tarado, un imbécil o un sinvergüenza.

martes, 23 de agosto de 2016

LISTOS Y TONTOS

Si de algo podemos estar seguros es que cuando se asocian para un negocio un tipo muy listo y otro muy tonto, jamás hay buena fe. En todos estos casos, el inteligente solo busca engañar al necio, aprovechándose de su esfuerzo o de su inocencia. No hay excepciones. Es una regla tan simple que la conocen hasta los tontos. Lo malo es que ningún tonto es consciente de serlo.

lunes, 8 de agosto de 2016

PELÍCULAS SOBRE EL VIEJO SUR



El concepto de corrección política se fraguó en los años setenta en Estados Unidos, concretamente por la izquierda de este país, y hoy se supone que Yanquilandia es el máximo referente occidental de esta corrección política, aunque yo pienso que es en Europa, y sobre todo en España, donde hemos dado las vueltas de tuerca más absurdas a este código de control social hasta convertirlo en una suerte de dictadura a ratos humorística y a ratos siniestra. Los gringos, con haberse inventado el tema, no son ni la mitad de gilipollas que nosotros y lo enfocan con mucha más naturalidad. 

Un ejemplo la mar de ilustrativo es el tratamiento que hace el cine de Hollywood del Viejo Sur y, en sentido amplio, de los estados que formaron parte de la Confederación. Cualquier detalle que dé es de sobra conocido por todos. No solo me refiero a la larga retahíla de títulos cinematográficos que abordan directa o indirectamente el tema del racismo o del Ku Klux Klan, donde los tópicos repugnan desde el primer plano, sino a cualquier humilde telefilme costumbrista ambientado en Charlotte, en Richmon o en Atlanta. A nadie se le escapa que los oriundos de esta región de los Estados Unidos son sistemáticamente caricaturizados en el cine como paletos, cerriles, beatos, prejuiciosos y fanáticos que dedican la mayor parte de su tiempo a comer pollo frito y pan de maíz, a faenar con el tractor y, en la versión más benévola, a hacer chistes de negros. Todos recordamos decenas de cintas, desde Arde Mississippi (donde, por cierto, el doblaje de Michael Rooker –ver vídeo– es soberbio) hasta Criadas y señoras, pasando por En el calor de la noche, Porky´s o Tiempo de matar, donde se estigmatiza sin compasión a los pobres sureños, abusando de toda clase de generalizaciones, estereotipos clasistas y manipulaciones históricas. 

Pues bien, yo no tengo ni idea de si los ciudadanos del Sur profundo han protestado alguna vez, pero, si lo han hecho, salta a la vista que les ha servido de poco, pues cada año se siguen estrenando tres o cuatro películas o series de televisión (recordemos la reciente True detective) pobladas de palurdos de Arkansas, Virginia o Mississippi que visten ropa pasada de moda y no paran de comer tocino y de quemar cruces en los jardines. 

Pero intentemos imaginar una situación, no digo igual, pero sí parecida en España. Pongamos por caso que a algún cineasta novel y despistado se le ocurriera rodar una peli profundizando en los usos y costumbres (no siempre refinados) de los pueblos de cien habitantes de Castilla la Vieja, en la estampa de paro y analfabetismo de ciertas comarcas de Extremadura, en la proverbial pereza andaluza o en la forma de entender el ocio de los jóvenes abertzales en el mundo rural guipuzcoano, o "menospreciando" del modo que fuera a los habitantes de cualquier región. Yo estoy seguro de que aunque la película no mintiera, su ambientación fuera verosímil y no se propasase con los lugares comunes, tendría serias dificultades para estrenarse, pues no sé cuántas asociaciones de afectados, alcaldes cabreados, Defensores del Pueblo, politiquillos autonómicos, televisiones de todos los colores, tertulianos radiofónicos, asociaciones vecinales y demás insobornables garantes de la corrección política, habrían linchado al director incluso antes de la presentación de su obra en el más cutre certamen cinematográfico.

viernes, 5 de agosto de 2016

DONALD TRUMP

¿Por qué la prensa llama siempre "el magnate" al candidato republicano a la Casa Blanca?

De Donald Trump tengo muy poco que decir. Hay algunas opiniones del histriónico candidato republicano a la Casa Blanca, descendiente de inmigrantes, que no me parecen mal, y otras muchas con las que estoy en total desacuerdo. Además, como ya he comentado alguna vez, cuando analizo cualquier asunto de política extranjera mi opinión suele ser muy distinta según lo haga desde la óptica de los intereses españoles o me ponga en la piel de los ciudadanos del país en cuestión, en este caso de los estadounidenses.

En todo caso, lo que parece indiscutible es que los medios de comunicación internacionales han orquestado una tendenciosa y machacona campaña en contra de este candidato. Y de toda esta campaña (que no se entiende en ningún medio que aspire a dar una mínima apariencia de objetividad y todavía menos en los mass media no americanos) lo que más me asombra es la insistencia en llamar “magnate” a The Donald. En particular a la prensa española no se le cae este adjetivo de la boca cada vez que se refiere a él. En la mayoría de los informativos, noticias o columnas de opinión elaborados en nuestro país el nombre de Trump aparece recurrentemente precedido por el apelativo “magnate” y, también con muchísima frecuencia, por “multimillonario”.

En mi opinión, no procede en absoluto que la prensa haga explícita y continua referencia a la condición socioeconómica o profesional de un candidato a la presidencia del gobierno de un país. Por supuesto, tengo mis sospechas –por no decir certezas– sobre los motivos por los que a Mr. Donald no dejan de llamarle magnate a todas horas, sin venir a cuento, mientras que del resto de aspirantes al sillón del Despacho Oval no se dice ni pío sobre sus medios de vida, actividades económicas o condición social, empezando por la abnegada esposa Hillary Clinton, a la que los periodistas jamás llaman letrada, pese a su enorme prestigio durante años en el mundo de la abogacía.

Sin duda hay un punto de populismo barato en esta estrategia. Los medios saben muy bien que resaltar insistentemente la condición de multimillonario de un candidato, para más señas conservador, es una de las mejores maneras de desprestigiarlo ante unas masas envenenadas de igualitarismo y bastante predispuestas a repudiar, por pura envidia, a cualquier personaje mediático con una cuenta corriente holgada. Con esto no quiero decir, ni mucho menos, que los negocios, actividades y actitudes de este político en particular me merezcan la menor simpatía, pero estaremos de acuerdo en que, nos caiga mejor o peor, un rico tiene todo el derecho del mundo a presentarse a las elecciones, y en que no parece demasiado normal que las televisiones y los periódicos le apoden “el magnate” y no paren de sacar a colación su fortuna y su poder financiero. Además, lo de magnate, reconozcámoslo, tiene una intencionalidad añadida, pues coloquialmente este término equivale a mafioso.

Y ni que decir tiene que si en vez de un poderoso empresario del sector hotelero y del juego, el cabeza de lista hubiera sido un camionero o un humilde operario de una cadena industrial de montaje, los plumillas de la prensa no solo se habrían abstenido de recalcar este dato, sino que hubieran crucificado a cualquiera que osara llamarle obrero. Cualquier alusión a los orígenes, profesión o nivel cultural de un candidato pobre chocaría con un muro infranqueable de corrección política. El atrevido sería estigmatizado como clasista, elitista y fascista (en el mejor de los casos).

Pero no nos extrañemos. En esta democracia maravillosa, la política y el periodismo son así. Una manipulación, una estafa…  y un puto circo.

martes, 26 de julio de 2016

DOS CATEGORÍAS

Definitivamente los españoles pueden dividirse en dos grandes grupos en función de su actitud y grado de permeabilidad hacia las nuevas tecnologías: los que al pronunciar Whatsapp acentúan la primera "a" y los que acentúan la segunda.  

domingo, 24 de julio de 2016

REYES Y BUFONES



“Tomó nota de que las revistas que estaban a su disposición eran recientes, abrió un ejemplar de Liberal y le dio tiempo a leer el editorial, en el que Arve Støp opinaba que la voluntad de los políticos de participar en programas de entretenimiento para «hablar de sí mismos» y hacer el payaso era la victoria final de las clases populares, con el pueblo en el trono y el político como bufón.

"El muñeco de nieve" (Jo Nesbø, 2007)

jueves, 21 de julio de 2016

EL GOLPE (FALLIDO) DE TURQUÍA


Mi tendencia crónica (creo que cada vez más atenuada) al maniqueísmo siempre me ha llevado a tratar de posicionarme rápidamente sobre cualquier acontecimiento político internacional, por muy complejo que sea. Con el tiempo me he dado cuenta de que esto es una idiotez porque si ya es difícil enterarse de quiénes son los buenos y los malos, los justos y los injustos, en nuestro propio país, ya ni te cuento en Palestina, en Oriente Medio, en el Congo o en cualquier lugar recóndito con parámetros históricos, sociales y culturales opuestos a los nuestros.

Pero no soy el único atacado por el come-come de tomar partido. Cada vez que se monta un pollo incomprensible allende nuestras fronteras, tertulianos televisivos, políticos, enteradillos, compañeros de trabajo, colegas de barra y señoras de la limpieza se esfuerzan en hilar una versión simplista de lo sucedido en la que no quede duda de quiénes son los héroes y quiénes los villanos. El cine es que ha hecho mucho daño... 

Pero a mí me encanta analizar el proceso intelectual que nos lleva a adoptar una postura definida ante sucesos que no entendemos ni papa acaecidos en naciones de las que solo conocemos el nombre y que a veces no sabríamos ni situar en un mapa.

Un ejemplo estupendo es el del intento de golpe de estado en Turquía de la semana pasada.

En un resumen un poco para tontos, podríamos decir que una facción del ejército otomano, defensor desde los tiempos de Atatürk del laicismo del estado, la secularización de la sociedad, la europeización de Turquía y el liberalismo, se ha alzado contra el presidente Erdogán, líder del AKP, un islamista autoritario y conservador, poco amigo del parlamentarismo, que reivindica las raíces culturales de su patria y practica un doble juego con la Unión Europea y con el yihadismo, al que hace el caldo gordo sutilmente. Bueno, y del gülenismo hablamos otro día porque ya es liar mucho la madeja.

Esta última semana, tanto los periodistas como los partidos políticos y las personas de mi entorno más próximo han ido pronunciándose sobre esta rebelión, basándose en distintos criterios que podríamos dividir en tres grandes bloques:

- Quienes basan su postura en los intereses económicos y políticos de la Unión Europea y, por extensión de España. Esta corriente de opinión simpatiza en general con los rebeldes y con Fetullah Gülen, fundador del llamado “Opus Dei islámico”, por entender que el triunfo del levantamiento habría convertido a Turquía en un socio europeo más seguro y en un tapón eficaz contra el Estado Islámico. Yo a alguno de estos les he preguntado cuándo, por qué y en qué circunstancias podemos estar entonces a favor de un golpe de estado, y, aunque ninguno me ha respondido claramente, me temo que defenderían o condenarían un cuartelazo exclusivamente en función sus opiniones políticas.

- Los que se basan solamente en criterios de legalidad. Condenan el golpe al considerar que, al margen de las ideas y objetivos del AKP y del ejército, el gobierno de Erdogán está avalado por la Constitución y por las urnas. En mi opinión los que piensan así son los más necios, los que menos entienden los resortes de la política. A uno de estos lumbreras le pregunté ayer si le habría parecido justa una rebelión popular contra Hitler después de que este ganara las elecciones alemanas en 1933 y me ha dicho que en ese caso, sí. ¡Solo faltaba, hombre!

 - Los que ven el asunto desde una óptica patriótica o nacionalista intentando ponerse en la piel de los turcos. Creen que si ellos fueran turcos estarían con el AKP, que, a grandes rasgos, encarna la defensa de la independencia y la identidad de Turquía frente a un ejército traidor, europeizante y tibio en lo religioso. Su simpatía con Erdogán no implica, evidentemente, comunión con el confesionalismo islámico ni con el yihadismo, pero sí con su patriotismo y su tradicionalismo. Esta es una postura muy minoritaria pero presente en algunos ambientes patriotas.

Difícil, ¿verdad?

viernes, 8 de julio de 2016

¿POR QUÉ MI BLOG ES ANÓNIMO?


No hace mucho tuve una curiosa conversación con un conocido mío acerca del anonimato de los blogs. A esta persona, que lee a veces La pluma viperina, se le ocurrió preguntarme por qué utilizaba un pseudónimo en vez de firmar las entradas con mi nombre y apellidos. Según su lógica, si creo que tengo algo que contar en un medio público, pienso que lo hago bien y no me avergüenzo de mis ideas y opiniones, lo suyo sería que me identificara de forma transparente. Lo contrario, según él, demuestra que quiero ocultar algo, que no estoy seguro de lo que pienso y escribo, que me da miedo lo que opinen de mí y que tengo algo así como una doble personalidad, pues me muestro de diferente forma en el blog que en mis relaciones cotidianas.

La cosa parece tener su miga, pero como que no. Las razones por las que firmo como Al Neri son tan obvias y están tan al alcance intelectual de cualquiera que casi me da pereza explicarlas. Me gusta escribir mis reflexiones. Deseo hacerlas públicas porque creo que pueden aportar algo a los demás. Me hace mucho bien expresarme con total libertad, sin ningún condicionante ni cortapisa. Pero, igual que les sucede a millones de blogueros de todo el planeta, no me interesa asociar públicamente mi identidad con los contenidos de mi bitácora. ¿Por qué? Por distintos motivos.

Primero porque en La pluma viperina abordo aspectos de mi intimidad que no me apetece airear indiscriminadamente.

En segundo lugar, puesto que muchos de mis artículos tienen una carga ideológica muy disonante con los valores y paradigmas políticos hoy vigentes, considero que su difusión bajo mi verdadera rúbrica podría acarrearme una serie de perjuicios que, al menos a fecha de hoy, no estoy dispuesto a asumir. Es triste, sí, pero ya he visto de cerca las consecuencias que han sufrido varios amigos por firmar opiniones incluso menos “estridentes” que las vertidas en este diario agridulce y políticamente incorrecto. La cosa es que yo tengo bastante más que perder que casi todos ellos y, en cualquier caso, no me da la gana ser represaliado en ningún ámbito de mi vida y mucho menos en aquellos con una dimensión pública.

¿Esto significa que en determinados contextos y ambientes no voy predicando la filosofía viperina? ¡Pues claro! Con la salvedad del blog, yo mis ideas solo las aireo en dos situaciones: en la intimidad y cuando me las preguntan. Mi etapa evangelizadora terminó hace mucho.

¿Esto quiere decir que soy un cobarde y que estoy vendido? Pues a lo mejor.

Y el último motivo es que Internet en general me parece un mal negocio para la gente honesta que decide arriesgarse y saltar a la lona a pecho descubierto, sin ganar encima nada a cambio. Si todos los internautas, feisbuqueros y visitantes de blogs operaran con perfiles reales y todos supiéramos quién es quién en la Red, podría merecer la pena exponerse en una bitácora personal, pero visto el panorama no parece muy aconsejable embarcarse, con nombre propio, en ciertos proyectos sensibles en los que, amén de no obtener ningún beneficio, cabe esperar continuas puñaladas traperas, denuncias anónimas y vendettas de canallas embozados con un nick. Soy sincero pero no tonto.

O sea que los contras de “dar la cara” me parecen muchísimos más que los pros, si es que hay algún pro en escribir gratis, casi como un puro desahogo, y para un reducido número de destinatarios. Todavía si yo fuera Isasaweis, tuviera dos millones de seguidores o me estuviera forrando con el blog, igual me pensaba firmar los posts, siquiera por vanidad...

El anonimato, opción mayoritaria de los blogueros, me parece perfectamente legítimo siempre que se utilice con responsabilidad y honradez, y no se aproveche para lanzar ataques ad hominem contra personas que actúan bajo su verdadera identidad y no pueden defenderse.


Leer también, sobre este mismo tema, La sinceridad en La pluma viperina

martes, 28 de junio de 2016

¿QUÉ HACEMOS CON EL MATRIMONIO GAY?



La derogación del matrimonio homosexual debería respetar los derechos adquiridos (cómo no)

Mientras oíamos en la radio una noticia del Orgullo gay, un amigo me ha preguntado, medio en serio, medio en broma, qué haría yo, si estuviera en el poder, con el matrimonio homosexual. Que si derogaría la ley que lo ampara. 

Soy consciente de que ni uno solo de los actuales partidos políticos, por muy conservador que se considere, se atrevería a dejar sin efecto el “marimonio”. Hasta los besacirios de Vox dicen que solo es un problema “semántico” y que están a favor de regularizar estas uniones pero llamándolas de otra manera. Qué asco.

Pero yo a mi amigo le he respondido que sí, que conmigo se acabaría toda posibilidad de que esta gente se casara. 

   ¿Y con los que ya están casados que harías? 

Pues hombre, una derogación con efectos retroactivos sería una medida demasiado abrupta. Después de todo, no soy fascista.

Pero al cabo de un rato de reflexión, he pensado que me estoy ablandando más de la cuenta, y que lo mejor sería una solución intermedia, es decir no llegar al extremo de aplicar la nueva ley retroactivamente pero sí arbitrar un procedimiento sencillo, ágil y gratuito (sin necesidad de abogado ni nada) para anular el vínculo de aquellas parejas homosexuales que lo desearan. Y a la vez, por supuesto, incentivar de algún modo efectivo estas anulaciones simplificadas. Se me ocurre, por ejemplo, que estaría bien otorgar algún beneficio fiscal a los que se animaran, facilitarles el acceso a ciertas ayudas o a la vivienda, o, qué sé yo, exigir como requisito para ejercer la enseñanza, acceder a un puesto en la Administración o a un cargo público no estar casado en virtud de la deleznable ley de Zapatero...

Pero siempre respetando la libertad, ¿eh? Y sin aberraciones jurídicas ni retroactividades. Los maricas que quieran seguir casados, adelante.

martes, 21 de junio de 2016

VINO ESPAÑOL


No sé si debo contar esta anécdota, pero no me aguanto.

El jueves pasado un Ministerio cuyo nombre prefiero omitir me convocó a una reunión en Madrid para el día 23 de este mes, a la que asistirán dos altos cargos de la Generalitat catalana. Sin entrar en detalles, baste decir que se trata de dos elementos de Convergència Democràtica que ostentan la máxima responsabilidad del sector en el que trabajo en la bella región del nordeste peninsular.

Tras una primera conversación telefónica con una de las organizadoras, recibo un email con el orden del día de la sesión, cuyo último punto dice literalmente: “13:45 h: Vino español”. Ya sabemos que esta es la forma tradicional de denominar en nuestro país al pequeño aperitivo que a veces cierra un acto público, congreso o similar. De momento, nada que objetar.

Pero hete aquí que al día siguiente a media mañana me mandan documentación adicional para el evento, y entre la misma figura otra vez el orden del día. Como suelo hacer en estos casos, comparo la nueva convocatoria con la anterior por si se ha introducido alguna variación en el horario o en las intervenciones, y cuál es mi sorpresa al comprobar que el único cambio del programa es la denominación del último punto, que ahora se titula “13:45 h: Cocktail”.

Creo que pagaría dinero por saber qué ha ocurrido entre el primer y el segundo email, quién ha decidido cambiar el nombre de la celebración de clausura y por qué motivos exactos. La escena que me imagino es dantesca, aunque nunca sabré si el cambio ha sido a petición expresa de los invitados catalanes o más bien –tiene toda la pinta– lo han decidido motu proprio los propios funcionarios del Ministerio para no molestar a los repugnantes separatistas. No sé qué es peor. Bueno, no seamos tan mal pensados, también cabe la posibilidad de que los caldos que tienen previsto servir no sean españoles y nos pongan un Oporto o un Burdeos. El jueves lo comprobaré in situ. 

martes, 14 de junio de 2016

COMPORTAMIENTO ECONÓMICO

Dice mucho de nosotros nuestra actitud hacia el dinero y nuestro comportamiento económico. El parné es una de las bases de la sociedad y condiciona nuestras ideas, modo de vida, relaciones interpersonales y expectativas de todo tipo en mucha mayor medida de lo que nos gustaría e incluso de lo que imaginamos. Ni siquiera las personas que no nos consideramos materialistas deberíamos olvidar ni por un segundo la repercusión que el factor pasta tiene en los aspectos más insospechados de nuestra existencia cotidiana. Porque una cosa es ser desapasionado con el dinero (algo, en mi opinión, encomiable) y otra creer estúpidamente que los demás también lo son. Si de verdad consideramos que el vil metal no es importante para nosotros, al menos tengamos claro que sí lo es, y mucho, para el común de los mortales, y que nuestra capacidad económica y nuestra manera de gastarnos el sueldo va a influir, casi seguro que decisivamente, en nuestra imagen pública y en el tipo de etiquetas que nuestro entorno social va a asignarnos irremediablemente. A lo mejor nos da lo mismo, pero no está de más ser conscientes de esta realidad, por muy triste que nos parezca. Y no todo el mundo lo es.

Aunque el estilo económico de vida de cada cual es algo muy íntimo que debemos respetar por principio, hay algunas actitudes que pueden resultar peligrosas, indignas y, si me apuras, autodestructivas; y lo más grave: suelen acarrear unos altos niveles de reproche social de los que a veces no es fácil salir indemne.

Una de estas conductas, harto frecuente, es la de quienes se empeñan en aparentar un tren de vida mucho más lujoso de lo que sus ingresos les permiten. Conocidos por todos nosotros, se trata de individuos con un nivel de renta modesto que, sin embargo, gastan un alto porcentaje de su dinero en bienes o artículos que socialmente se consideran indicios inequívocos de elevada capacidad adquisitiva, generalmente ropa de marca, automóviles de alta gama o tecnología punta (determinados teléfonos móviles, por ejemplo). Este comportamiento, tan habitual en España, es muy lamentable, en primer lugar porque quien así actúa jamás logra engañar a nadie, ya que todo el mundo a su alrededor conoce, mal que bien, su verdadera situación financiera y considera patético su exhibicionismo, pero sobre todo porque el afectado y su familia suelen acabar padeciendo graves problemas de liquidez y endeudamiento que no pocas veces desembocan en tragedia. En mi opinión, y a pesar de la mucha demagogia derrochada al respecto, bastantes de las familias más machacadas por la crisis vivían muy por encima de sus posibilidades antes de 2009, incluidos muchos de los desahuciados que salen a todas horas en los medios de comunicación.

Otro fenómeno bien conocido y casi tan penoso como el anterior es el que yo llamaría “nivel de vida parental”, que consiste en que una persona (soltera, casada o con hijos) no lleva el nivel de vida que correspondería a sus ingresos, sino el que le facilitan sus padres. Es una situación que no tiene nada que ver con la edad, pues se dan casos en gente ya talludita. Me estoy refiriendo al clásico matrimonio con dos hijos, con uno o dos sueldos muy modestos, que reside en un pedazo de casoplón y se pega una vida padre (nunca mejor dicho), a base de viajes exóticos, cochazos renovados cada poco tiempo o smartphones siempre a la última. Estos escenarios suelen darse en el entorno de potentes empresas familiares, cuando, por ejemplo, una hija del patriarca no trabaja en el negocio del clan y ha contraído matrimonio con un modesto asalariado. La pareja no vivirá conforme a sus propias ganancias, sino de las periódicas inyecciones de fondos que, en distintos formatos y a través de diversos subterfugios (para que su orgullo no salga demasiado herido) reciba de Papá Pitufo. El papelón no parece el más digno para los afectados, pero no les suele preocupar. Además yo me pregunto si de verdad esto es criticable. Al fin y al cabo es un tema familiar y, estando padres e hijos de acuerdo y felices, a los demás como mucho nos queda reconocerles su suerte. Tampoco deja de ser una forma de disfrutar de la herencia en vida.




La última situación deplorable es la contraria a las dos anteriores. Podría pensarse que no es habitual, pero se da mucho más de lo que suponemos. Me refiero a aquellos que tienen la cuenta corriente más que saneada pero viven con una austeridad rayana en la roñosería. No estoy pensando en extremos como el de la viejecita multimillonaria con todos los ahorros escondidos bajo el colchón que habita un piso infestado de basura y parece una indigente, sino en casos más sutiles pero igualmente reales. Un ejemplo muy ilustrativo, del que yo conozco dos o tres muestras, sería el del joven de origen muy humilde que, gracias a su tesón y a los estudios que le dieron sus padres, se termina convirtiendo en un profesional prestigioso y bien remunerado. Sin embargo, no le es tan fácil cambiar de mentalidad tras una niñez y una adolescencia de estrecheces económicas, y, a pesar de haber venido a mejor fortuna, le cuesta dejar de mirar la peseta, sigue acobardándose ante un precio alto y le duele casi físicamente realizar cualquier gasto superfluo. Como consecuencia de estos escrúpulos, el afectado pueden terminar desarrollando un nivel de vida muy por debajo del que se merece y se ha ganado a pulso. Cierto que este problema suele ser transitorio, pues –desengañémonos a lo bueno se acostumbra uno rápido, pero algunas personas presentan especiales dificultades de adaptación que les llevan a comportarse con el dinero como han sido educados más que como les permiten o exigen las circunstancias. Ello dificulta a algunos disfrutar plenamente de lo que es suyo, reduce su abanico de posibilidades y empaña su felicidad. No es poca desgracia tener dinero abundante y sentir dolor cuando se gasta.

martes, 7 de junio de 2016

HISTORIA ACADÉMICA E HISTORIA MILITANTE

Esta semana he leído en mi revista de historia favorita una curiosa reseña de un libro que acaba de publicarse sobre el Frente Popular de 1936 con motivo de su 80º aniversario. No tengo la menor intención de hacer publicidad de este monográfico, que intuyo nefasto, pero no me resisto a comentar la reseña, en la que se dice que su autor “desde el principio deja claro honestamente cuál es su posición política” y que la obra es “un buen ejemplo de historia académica y, a la vez, de historia militante. Ante tales enormidades no sabe uno si sonreír o echarse a temblar. 

Coincidiremos todos en que resulta utópico pretender que los historiadores escriban con total objetividad, pero digo yo que la neutralidad debería ser una de sus mayores aspiraciones, pues, de lo contrario, las diferencias entre un libro de historia y un panfleto político podrían llegar a ser imperceptibles. Es cierto que, por sus propias características, la ciencia histórica jamás podrá tener el rigor y la exactitud de las matemáticas, pero entre una enumeración aséptica de fechas y datos y un libelo o panegírico sectario hay un amplio margen en el que todo cronista serio debería moverse. De no ser así, estaríamos hablando de cualquier cosa menos de historia.

Por eso me ha dejado de una pieza que una revista digna, en la que colaboran catedráticos de supuesto renombre, se descuelgue con esa idiotez de que la historia académica puede ser al mismo tiempo historia militante, y de que un marxista tan ideologizado como el autor del libro sea capaz de hacer una contribución mínimamente solvente a la historiografía sobre la Segunda República en general y sobre el Frente Popular en particular. 

Uno, que ha leído muchos libros fuertemente politizados sobre períodos convulsos de la historia de España, si algo ha aprendido es que no son textos de historia. No estoy afirmando que sean obras sin ningún interés, que no aporten datos e interpretaciones valiosos ni que sus autores sean unos indigentes intelectuales; simplemente que son la peor opción posible para hacerse una idea completa y equilibrada de los acontecimientos que se analizan. Y ya si se trata de un militante político metido a narrar la historia de su propio partido, apaga y vámonos: el resultado solo podrá ser satisfactorio para sus correligionarios, que se deleitarán al hallar en cada párrafo la confirmación de sus ideales.

Repito que una obra muy ideológica sobre un determinado período u organización histórica puede aportar mucha luz en forma de puntos de vista, nuevas vías de interpretación y detalles de la intrahistoria que a menudo pasan desapercibidos al investigador universitario. Lo malo es que estos libros también suelen esconder bastantes sombras, pues tienden a manipular la información, a resaltar u omitir datos según interese y a ofrecer versiones sesgadas de los hechos en función de las ideas, filias y fobias  Distinguir el trigo de la paja es imposible salvo para iniciados en la materia.

Un ejemplo del que podría hablar a fondo es el de los estudios sobre Falange Española y las hagiografías de José Antonio Primo de Rivera publicados por camisas azules entusiastas. Evidentemente estas lecturas pueden ser muy agradables para un joseantoniano, pero si este decide abrir su abanico y leer a otros investigadores pronto se dará cuenta, salvo que sea tonto, de que no hay nadie menos apropiado que un falangista para escribir sobre los avatares históricos del falangismo. 

Luego hay otro fenómeno curioso que ha de tenerse en cuenta: cuanto más específico y polémico sea un tema histórico más probabilidades hay de que los autores de los pocos títulos disponibles sobre el mismo estén marcadamente politizados.  Por ejemplo, una monografía sobre el reinado de Carlos III tendrá un riesgo bajo de ideologización debido a la amplitud de la etapa y a lo aséptica que resulta para el gran público. Sin embargo una tesis doctoral sobre el requeté, o un ensayo sobre la represión en Valladolid durante la guerra o sobre la trayectoria del Frente Popular, casi podemos jugarnos la mano derecha a que han sido escritos por personas muy sugestionadas por estas temáticas y con un posicionamiento bien definido (y generalmente indisimulable) al respecto.