miércoles, 15 de octubre de 2014

ESCUCHAR


No hay duda de que la escucha activa es uno de los elementos fundamentales de la comunicación humana, pero el caso es que muy poca gente escucha de verdad a los demás. Si todos prestáramos verdadera atención a lo que quieren transmitir nuestros interlocutores, despojándonos de prejuicios y orejeras, las relaciones interpersonales se enriquecerían notablemente y se reduciría el número de conflictos, pero quizá pretender una actitud tan abierta en el común de los mortales no sea más que una utopía teniendo en cuenta la naturaleza humana y los condicionantes sociales y educativos que nos atenazan.

Basta observar la conversación más informal o asistir a una reunión de cualquier tipo para comprobar, sin necesidad de fijarnos demasiado, que hay muchas personas que sistemáticamente hacen oídos sordos a casi todo lo que les dicen. Como es lógico existen muchos niveles, pero yo podría contar con los dedos de una mano a mis conocidos que tienen las antenas siempre desplegadas y se enteran de todo lo que se habla a su alrededor. De estos pocos individuos solo puedo decir que suelen tener una mente curiosa y una inteligencia bastante desarrollada, y que su forma de ser les permite relacionarse con más facilidad y anticiparse a muchas situaciones, puesto que cuentan con una mina de información de la que los demás carecemos por no hacer todo el caso que debiéramos a los que nos rodean.

¿Pero cuáles son las razones por las que no escuchamos a los demás? 

Por una parte existen motivos que responden a una anomalía y que no dependen nada de la persona. Hay gente que nace con un problema de falta de concentración que le impide atender correctamente a las conversaciones. Me refiero a una especie de déficit de atención que provoca que el sujeto tienda a dispersarse y a “desconectar” involuntariamente cuando le están hablando o incluso cuando está viendo una película, a poco que el discurso de prolongue o adquiera cierta complejidad. En realidad esta rareza no es tan rara como pudiéramos suponer, pues, en sus grados más leves, la sufre un porcentaje amplio de la población.

El segundo motivo es más social. Determinados individuos, normalmente de naturaleza más bien primaria e instintiva, tienen una fuerte inclinación a apagar el interruptor de la escucha cuando se abordan temas que “no les interesan” o que “no les afectan”. Sin darse cuenta, su cerebro criba los contenidos “útiles” de los “inútiles” y se cierra en banda a estos últimos. Suele tratarse –aunque no siempre– de personas con mentalidad muy conservadora y con el intelecto rígido que no albergan la menor curiosidad hacia las realidades que no conocen, que no entienden o que ellos consideran que no pueden repercutir en su vida. Ya digo que este comportamiento termina siendo subconsciente, pero el gran problema de estas personas es la excesiva subjetividad de su valoración sobre lo que les concierne o no, y así terminan cerrando a cal y canto los oídos a cosas que sí deberían saber, al menos para crecer personalmente, adquirir conocimientos, evitar el aislamiento o no parecer idiotas. Un buen ejemplo es mi actitud hacia el fútbol. Mi cerrazón casi absoluta a las conversaciones sobre esta materia me ha convertido en un bicho raro dada la importancia social del deporte rey en España y su condición de muletilla indispensable en cualquier conversación entre varones.

Y por último, reconozcamos que hay personas de las que tenemos tan pobre opinión que consideramos que nada de lo que digan merece la pena ser escuchado, lo que nos lleva a desenchufar los altavoces cuando pían. A veces se trata de tipos a los que consideramos unos cretinos y se nos revuelve el estómago cada vez que abren la boca. Otras veces los tenemos por ignorantes o por poco versados en el tema a tratar. A menudo nos parecen simplemente pesaditos o incluso nos molesta su tono de voz. Y también nos ponemos los tapones cuando alguien dice lo que no queremos oír o expresa ideas opuestas a las nuestras. Todas estas motivaciones para no escuchar pueden tener fundamento y habría que preguntarse si todas las tonterías deben ser atendidas y si existe un derecho universal a ser escuchado incluso para los analfabetos que se lanzan a pontificar sobre lo humano y lo divino, los palizas que no paran de cotorrear sin decir nada sustancioso o los memos que no se hartan de hablar de simplezas. El riesgo nuevamente está en nuestra subjetividad, que tantas veces es como una venda en los ojos y que puede degenerar en una insana soberbia intelectual que no nos deje apreciar las aportaciones de gente muy interesante solo porque, vete a saber por qué oscuros motivos, tenemos metido entre ceja y ceja que nada pueden enseñarnos.

7 comentarios:

Aprendiz de brujo dijo...

Cuando eres tan brillante, tan lúcido, tan certero, a uno le rascas como un mal vino.
A veces el retrato te queda demasiado humano. Y uno se ve reflejado en la miseria que toca, y jode.
Luego viene el propósito de enmienda.Y vuelta a empezar.
Casi te prefiero en modo fascista ó cromagnon.
Aunque uno aprende menos, claro.
Que brillante eres, cabronazo.

nago dijo...

y... porque "no vemos jamás las cosas tal cual son, las vemos tal cual somos". (Anaïs Nin)

PΩLITÍCOLA dijo...

se nota que son ustedes muy amigos, señores Neri y Aprendiz de Brujo. Enhorabuena.

Respecto al post: hay una actitud muy habitual (cada vez más), y es no escuchar porque la discusión está tan enconada que cada cual sólo se concentra en su argumento y en lo siguiente que va a decir. Una pena.

Tábano porteño dijo...

Para recordarnos la importancia del saber oír siempre estará en primera fila Platón. El alemán Josef Pieper en un breve luminoso ensayo, "Sobre los mitos platónicos", insistía en que Sócrates, preguntado sobre cómo sabía ciertas cosas, contestaba "ex akhoes", que "ha escuchado de otros", hasta tal punto daba crédito a la tradición oral.

Un profesor de estas tierras australes, en un bello artículo ("Josef Pieper y la reflexión sobre el mito y la cultura"), dice:

Sócrates no despliega ante el que pregunta una larga serie de razonamientos dialécticos sino que
convoca la palabra de la tradición mítica oída por él: “Lo que se dice en las doctrinas mistéricas me parece tener un gran peso, a saber: que nosotros estamos como de guardia sin
que podamos dejarla por nuestra propia cuenta; también me parece rectamente expresado que los dioses son nuestros guardianes y que nosotros personalmente somos uno de los rebaños de los dioses”. Es evidente que todo esto Sócrates lo sabe porque lo ha oído, lo cual quiere decir que
lo ha recibido de la palabra de otros en quienes ha creído. Aquí la verdad
no procede de las operaciones previas de la vista o del tacto, ni siquiera de aquellas que son propias de las ciencias, sino del testimonio de la palabra de otros que narran una verdad
como acontecimiento que ilumina la obscura densidad de la existencia en sus dilemas racionales más hondos."

El chico de los tablones dijo...

Coincido con AdB: a menudo me veo retratado en el lado perverso de sus post de sociología, Sr. Neri.

En mi caso, muchas veces no escucho a mi interlocutor porque pienso que los problemas que en ese momento me rondan la cabeza requieren más atención que las trivialidades que estoy escuchando.

Algunas veces estoy en lo cierto, pero otras me equivoco al poner el cerebro en 'off' y asentir a intervalos regulares. Y cuando me doy cuenta del error me siento egoísta y mezquino.

nago dijo...

...mmmmmmmmmmm... ¿y si los motivos de esa soberbia intelectual se debieran a todo lo contrario?

¿Se ha parado a pensar en que, quizás, determinados individuos rechacen a otros, simplemente porque temen les hagan sombra al considerarles, muy a su pesar, muchísimo más brillantes que ellos mismos?

¿No cree que en el fondo esa soberbia se hace más patente en personas con fuertes complejos?

Al Neri dijo...

Muchas gracias, Brujo, pero yo no tengo modo fascista.

Exacto, Nago, nuestro cerebro filtra la realidad como le da la gana.

Y a veces sí, es como usted dice, pero no siempre es fácil diferenciar. La envidia cierra mucho los oídos.

Porteño, por favor, dispénseme de comentar a Pieper, que hoy tengo el cerebro obturado.

Politícola (¡molaba más Zorro de Segovia!), la actitud que usted describe tiene que ver con la tercera del post. En las broncas no escuchamos porque estamos seguros de que tenemos la razón y de que el otro solo dice sandeces. Pero, coño, es que a veces es así, como en la agria bronca que hace un rato he tenido con Aprendiz de Brujo sobre el polémico Sínodo sobre la Familia.

A veces mis post sobre sociología, Tablones, tienen mucho de autobiográfico y de autocrítitica. Por desgracia yo hablo mucho más que escucho y eso me pasa multitud de facturas en la vida.

Por cierto, de las polémicas en blogs ajenos (a veces muy interesantes) agradezco que se comente en esos blogs y no aquí y menos para mezclarme en ellas.